16/2/12

Repercusiones de la edición Nº 47

Luego de la publicación de la edición Nº 47 cuyo amplio informe central fue dedicado a la figura del Padre Meinrado Hux, quien falleció a los 90 años, se generaron diversas repercusiones. A continuación, compartimos dos textos enviados luego de la misma:

“De historia e historiadores” de Gerardo Roberto Martínez“Meinrado Hux y la historiografía mapuche” por Andreas L. Doeswijk




DE HISTORIA E HISTORIADORES 


Por Gerardo Roberto Martínez / Enero 2012

He leído en estos últimos días varias notas en referencia al fallecimiento del Padre Meinrado. La mayoría de ellas, como corresponde a la costumbre que estila hablar bien del muerto, enalteciendo su figura. Sin embargo, creo que esto no refleja toda la realidad, al menos, no la que yo conozco.
Mucho se ha escrito en estos últimos días con respecto a la historia de Los Toldos, a la cual Meinrado hizo su aporte. Pero la historia, como la realidad, tiene múltiples miradas. Uno de los problemas de la historia dogmatica, es que se la mira desde una sola perspectiva. Y esto no ayuda a entender realmente lo que sucedió. Cuanto más democrática es una sociedad, mayores son las versiones que tiene acerca de su propia historia. Y Meinrado miró la historia desde una única visión: europea, católica y conquistadora. Su historia de Los Toldos muestra esta visión: Los amigos de Los Toldos fueron Ignacio y Simón Coliqueo. Pero muy poco se habla de Justo Coliqueo, el heredero de Ignacio, el que planteó su alianza con los caciques opuestos al gobierno blanco, al que se lo califica de loco, de traidor, y se le ha negado su lugar en la historia.
Su visión era la del conquistador, que venía a enseñarles a los indios paganos y borrachos. Al referirse a los lugares de culto indígena, menciona las borracheras. Y tenía el concepto del indio borracho. Nunca entendió la cosmovisión aborigen, nunca entendió porque los mapuches se llamaban “hombres de la tierra”. Menciona las tropelías que se cometían en los malones, donde los indios robaban, incendiaban, destruían. Pero no menciona el genocidio cometido por las campañas al desierto. Su historia no hace mención a quienes fueron los verdaderos dueños de la tierra donde está asentado el Monasterio Benedictino, cómo se les quito esas tierras, y se hace permanente referencia a la bondad de “la Señora”. Y Meinrado no desconocía como recibió esta mujer esas tierras que luego tan “generosamente” donó a los civilizadores blancos.
Recuerdo su profundo antiperonismo. Siempre nos contó como Perón encarceló a los curas e incendió las iglesias, pero nunca nos hablo del bombardeo a Plaza de Mayo y los centenares de muertos que ocasionaron los aviones que llevaban escrita la frase “Cristo Vence”, como tampoco nunca nos habló de los muertos que dejó la Revolución Fusiladora.
Recuerdo algunos de sus discursos patrios, donde hablaba de los que pretendían cambiar la sagrada bandera celeste y blanca por “un sucio trapo rojo”, frase muy usada por los genocidas que usurparon el gobierno para secuestrar, torturar, matar y exiliar a miles de argentinos, defendiendo la civilización occidental y cristiana.
Recuerdo sus enseñanzas de un Dios vigilante y castigador, presto a mandarnos a las profundidades del infierno si no cumplíamos sus preceptos, pero no recuerdo que nunca nos hablara de un Dios que es amor; al contrario, hablar de amor era casi un pecado.
Recuerdo su concepción de una sociedad dividida en clases: los servidos y los servidores. Al referirse a alguna persona que trabajara para el Monasterio, su elogio era “es un buen servidor”.
No le hace ningún merito al fallecido, decir que cumplió su servicio militar en plena II Guerra Mundial. Quien esto ha dicho, no puede desconocer que Suiza fue un país neutral, por lo que no tiene mayor heroicidad que la que pudieron tener miles de conscriptos argentinos que sirvieron en la misma época.
Con respeto a quienes han escrito a favor, con libertad me permito disentir. Meinrado fue el fruto de una formación eclesial y colonial que estuvo y está marcada por el pensamiento único: un solo dios, una sola iglesia, un solo rey, un solo bautismo, un solo mercado.
Y con esa visión se manejó durante su vida.

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MEINRADO HUX Y LA HISTORIOGRAFÍA MAPUCHE. 


Por Andreas L. Doeswijk / aldoeswijk@hotmail.com

Que triste fue aquel día que en un fatal entrevero 
Mi guitarra un golpe fiero en mil pedazos caía 
Y mi pingo que sentía la falta de su ladero 
De pena fue que seguro al poco tiempo moría 
Que triste yo me sentía sin mi guitarra y mi oscuro.
Meinrado Hux

Del padre Meinrado Hux siempre me intrigó lo siguiente: ¿cómo podía ser, al mismo tiempo, tan buen historiador (inclusive con esa escritura chúcara, aprendida del habla criollo toldense), tan buen cantor, violinista y compositor y tan mal predicador y pedagogo? Sus sermones de los domingos a la tarde eran insufribles y como educador tenía menos feeling que el Ogro Fabbiani en el área grande de River. 
Eso sí, en la Escuela Benedictina se fomentaba la lectura, se escribía sin horrores ortográficos, se aprendía la historia (oficial) nacional y local, la geografía con los mapas de hule del padre Fintan, aprendía a cantar hasta el más desorejado y se averiguaban los nombres de cuanto yuyito proliferaba por bajos y lomadas. Eso era lo bueno del maestro Meinrado. Lo malo era que dividía a sus alumnos en buenos y malos no sabiendo éstos siempre si era bueno o malo ser bueno o malo. Pero como dijo Mamerto Menapace, fue cambiando con los años y vecinos y forasteros apreciaban mucho la atención que les prestaba en las últimas décadas de su vida. Era de los curas que saludaban los domingos a los vecinos. También era de los que atendía a mapuchólogos de toda laya con generosidad y sin pedir nada a cambio aunque a veces no se lo agradecían demasiado. Hace poco me confesó que, según él, en la Universidad poco se producía de útil sobre la historia de los “paisanos”. 
En el Dossier que La Manuela Molina publicó en diciembre aparecen unas 13 colaboraciones la mayoría de personas amigas o que conocieron personalmente a Meinrado. Entre las que más me llamaron la atención están las reflexiones de Jorge Herce: “Los prólogos y Meinrado” y de Juan Carlos Corón: “Hay otra historia”, en realidad porque ambos escritos muestran un análisis crítico, sutil en Herce, frontal en Corón. Desde el punto de vista de un análisis historiográfico, el artículo de Ingrid de Jong es el más ambicioso y, en líneas generales, concuerdo con su postura de que Meinrado Hux fue un gran investigador y que su aporte para que “los paisanos de la tribu recobraran su autoestima y espontaneidad, largamente perdidas”, según las propias palabras de Meinrado citadas oportunamente por de Jong. Tiene razón Herce en comentar que la expresión “paisanos” tiene una connotación cariñosa, de aprecio y, en todo caso, resulta un término social y éticamente más correcto que el furcio de “indios” o “indígenas” vocablos que deberían ser desterrados for ever y remplazado definitivamente por “pueblos originarios o preexistentes” en general y mapuche, guaraní, wichi, etc. para cada etnia en particular. (Un tirón de orejas para la doctora de Jong: sumadas, utiliza 24 veces las denominaciones “indio(s)” e “indígena(s)” y una sola vez “mapuche”). 
Las limitaciones historiográficas de la historiografía mapuche y local de Meinrado me parece que provienen de dos fuentes. Por una parte de su carácter de sacerdote católico que se proponía hacer apostolado con la historia nacional y, en segundo lugar, su aceptación acrítica de la tan debatida “historia oficial mitrista”, inclusive con el propio Bartolomé Mitre situado en un lugar central de su historia, sea por su alianza con Coliqueo en la batalla de Pavón, sea por haberles “dado” unas leguas de tierra para que –detalle no menor- defendieran a los huincas de las incursiones del bravo Calfucurá. Ambas limitaciones son comprensibles si bien acaban limitando la obra de Meinrado Hux a un enorme esfuerzo de investigación que presenta una valiosa e inagotable banco de datos, pero que se encuentra encuadrada en un marco general de la historia tradicional del liberalismo decimonónico y de los manuales escolares del siglo XX, yuxtapuesto -en un tour de force nada fácil por cierto- a sus denodadas tentativas por cristianizar excesivamente a la historia. Pero esto es en general. Habría que ver como fue evolucionando y madurando la obra historiográfica de Meinrado a través de las décadas. Sus libros sobre los caciques ya no dicen lo mismo que su obra más famosa sobre Coliqueo y su ideología no es tan monolítica e inflexible como pretenden, por ejemplo, Juan Carlos Corón y Gerardo Martínez. 
Hablando del artículo de Herce sobre los prólogos de Meinrado, quedé seducido por la parrafada siguiente: En muchos casos Meinrado recorta, corrige, modifica cosas escritas por los propios autores, escribe con ellos, conversa, los evangeliza, los explica. Muchas veces no sabemos si el que habla es Baigorria o Meinrado, si es Avendaño o Hux, si es don Electo o este suizo. Ahora sabemos que cuando leamos sus textos seguiremos escuchando a Meinrado susurrándonos al oído. Para siempre. Muy bueno y casi verdadero.
Con referencia a su aceptación de la historia liberal mitrista, hay que considerar que las alternativas no eran demasiado claras desde fines de los 40 hasta, digamos, los años 60. Optar por el revisionismo historiográfico de los años 30 y 40, era caer en el rosismo y, en última instancia, en el fascismo vernáculo de trogloditas como Irazusta, Ibarguren o Furlong. Si Meinrado fue demasiado benévolo con la mal llamada, “Conquista del Desierto” (aunque su análisis presenta bastante fisuras y no defiende este genocidio) los rosistas suelen ocultar la expedición punitiva de Rosas al Choele Choel y a la Confluencia en 1833 en la que estuvo ocupado durante más de 9 meses, empresa que dejó un saldo de cerca de 6.000 bajas entre muertos y heridos. Que Roca haya asesinado a más mapuches y tehuelches que Rosas y que redujo a sus prisioneros al trabajo esclavo y a reducciones que eran verdaderos campos de concentración (por ejemplo en la Línea Sur del Río Negro), todavía no legitima la exaltación que hacen los Pacho O’Donnel de Rosas como adalid del antiimperialismo y de la democracia inorgánica. Por supuesto que a muchos nos hubiera gustado que, en la mal llamada “cuestión indígena”, Meinrado hubiese tratado a Mitre, Sarmiento y Roca con la misma severidad con que trató a Rosas… El problema era que Meinrado siempre tomaba partido: por defender a Coliqueo se enfrentaba a Calfucurá, por defender a Mitre se enfrentaba a Rosas y Urquiza, por defender al quinto grado se enfrentaba al sexto… En la década del 60 (y aun un poco antes) comenzó a emerger un revisionismo histórico de izquierda, generalmente protagonizado por trotskistas como Abelardo Ramos (luego reciclado en embajador menemista), Eduardo Astesano, Jorge Eneas Spilimbergo, entre otros. Buscaban las raíces de la nación argentina no solo en lo nacional y federal sino en los movimientos sociales de liberación, partiendo de Tupak Amaru y pasando por el federalismo y el yrigoyenismo para desembocar, generalmente, en el peronismo. Pero, evidentemente, tampoco este paradigma transhistórico sedujo demasiado a Meinrado. Hoy en día ambos revisionismos están bastante desprestigiados y el neorrevisionismo de los Pigna y O´Donnell constituye más un fenómeno mediático de divulgación y mercadeo que un avance historiográfico real. 
Donde sí podría haber abrevado la historiografía huxiana fue en el notable florecimiento de la historiografía académica surgida en las postrimerías de la década del 50, con influencias marxistas y, sobretodo, de la Escuela de los Annales. Por ejemplo se podía inspirado en la Historia Argentina de la editorial Paidós, editado en varios volúmenes en los 60 por González Rex, Halperin Donghi, Cortés Conde, Ruiz Moreno y otros. Una historia liberal si se quiere y mas política que social, pero que se basaba en investigaciones empíricas sólidas. Esta corriente académica superadora (aunque no siempre) de la historia oficial mitrista, del autocratismo reaccionario rosista y del panfletarismo trotskista, le llegó tarde a Meinrado o solo lo fue descubriendo de a poco e incompletamente. Claro que esto, desde mi punto de vista, no legitima la aseveración de Corón de que mejor hubiera sido que no se hubiera molestado para escribir la historia del pueblo mapuche. Ahora bien, y con todo respeto por la disidencia, ¿alguien que no fuese Meinrado Hux le hubiera dedicado tanto tiempo y esfuerzos (generalmente sacrificando sus vacaciones escolares) entrevistando a las familias mapuches, hurgando en cuanto archivo civil y militar existente y rescatando documentos únicos, muchos de los cuales seguramente se habrían perdido para siempre? Por lo demás, ninguna obra es definitiva, otros vendrán para mejorar la oferta y si son paisanos mejor. 
Lo que Meinrado y muchos catedráticos contemporáneos seguramente no supieron resolver fue la tremenda paradoja entre la “legitimidad” o la ”necesidad” del Estado argentino de incorporar 20.000 leguas cuadradas a su territorio nacional antes de que se apropiara de ellas Chile y el incuestionable derecho a la autodeterminación de los pueblos originarios. En esta paradoja Meinrado más bien tomó a la malhadada Conquista como una fatalidad histórica antes que una razzia militar genocida, aunque no cabe duda que sintiera una gran empatía por los peñi. 
La otra alternativa hubiera sido la creación de un Estado nacional mapuche en la Patagonia, una realidad que ningún político argentino o chileno hubiera consentido en ese siglo XIX de la creación de los Estados nacionales. 
Ahora bien, seguro que la paradoja de la cual hablé peca de un binarismo acentuado. No necesariamente las soluciones tienen que ser “A” o “B” sino podrían ser “A” y “B”. El pensamiento dual es andino, quechua, incaico y talvez mapuche. Las dualidades hombre/ mujer; sol/ luna; día/ noche; tierra/ cielo; frío/ calor; los de arriba/ los de abajo etc., permean todo el pensamiento andino. En cuanto el huincaje optaba por la expansión del Estado nacional con total desprecio por los derechos de los pueblos originarios, una salida andina hubiera sido ocupar los territorios “vacíos” respetando los derechos a la cultura y a la tierra de los pueblos preexistentes a la conquista española y a los Estados nacionales. Crear una nación multiétnica. Aunque tardíamente, y no sin resistencias feroces, la actual Bolivia de Evo Morales demuestra que una nación pluriétnica es posible. La solución salió de los movimientos sociales y campesinos “indianistas” como dice Álvaro García Linera. 
Por lo que intenté decir -y sintiendo la necesidad de (re)leer a toda la obra historiográfica huxiana como una unidad con sentido para ser más justo y exacto en mis apreciaciones- describiría a la obra de Hux como un valiosísimo aporte al rescate de la memoria del pueblo mapuche, de loncos pampeanos y patagónicos y de otras figuras e historias locales pero que, infelizmente, no se encuentra insertada ni en un modelo historiográfico adecuado ni consigue integrar, o solo integra a medias, los parámetros del revival de la historiografía de los pueblos originarios, comprendida en los términos de los primeros pobladores de América con derechos inalienables sobre sus tierras y culturas. Ah, y hablando de pueblos originarios: ¡Basta de decir que los mapuches son chilenos y los tehuelches argentinos! Mapuches, tehuelches, querandíes, chanás y guaraníes son preexistentes a los Estados nacionales de Chile y Argentina. 
Meinrado Hux era un Savonarola que en lugar de cabezas cortaba el cerco de ligustrina que da a la calle de tierra. İntegro, recto y obsesionado, su expresión adusta ocultaba un gran corazón. Tal vez una clave para interpretar a su personalidad y obra fue su faceta de coleccionista. Como recordó el padre Mamerto, juntaba flores y yuyos, estampillas de correo y todos los detalles del largo periplo de la comunidad de Coliqueo hasta su asentamiento definitivo en los campos toldenses. Su tozudez de alpinista suizo nos legó un cúmulo de información sobre las historias de los pueblos de la región. ¡Que cada uno lo utilice como bien lo entienda y si no está de acuerdo con el mensaje, tampoco hace falta degollar al mensajero que fue un grande! 
Al menos así lo veo yo.

2 comentarios:

  1. Miguel Ruquet18/2/12 2:23

    Coincido en gran parte con la opinion vertida por el Sr Doeswijk. Valoro enormemente la obra de Hux,por encima de los detalles o enfoques en los que pueda no concordar.Por sobre todo eso,el valor del trabajo de Meinrado,es innegable.Y los toldenses debemos estar agradecidos. Miguel Ruquet.

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  2. Ayer tuve el agrado de ver a Luis Coliqueo, en una entrevista en C5N con Hanglin. Eso me llevo a buscar algo más para informarme acerca del pueblo mapuche y su afianzamiento en Los Toldos. Emocionante. Soy descendiente de mapuches y es un orgullo escuchar a otros descendientes hacerlo de igual manera.

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