7/2/09

Crónicas de Carnaval: Los Chorizos del Corso

Aquí los corsos han de ser un acontecimiento impostergable, vivido, y sumamente festejado. La llegada del Rey Momo trae innumerables historias, personajes, y un montón de gente que nunca se ve, en estos pagos donde nos conocemos todos. En los corsos sale el peón y el patrón, sale la mama que por fin se despega de los platos y el televisor, y salen los nenes junto a los viejos. Salen los feos y los lindos. La fiesta sin invitación, es de todos.
El acontecimiento, año tras año, comienza temprano. A las cinco de la tarde ya están los primeros concurrentes, mayormente señoras mayores, pese a que el carnaval ¡empiece a las 9! El motivo es claro, copar los valiosos asientos de la heladería o el boulevard, desde donde observarán, gratis, el incesante desfile de carrozas, mascaritas, mascarones y comparsas. Sentarse en una de las mesas de las cantinas traería gastos innecesarios, y la insoportable presencia del siempre incansable mozo preguntando si desean algo más.

Seguí leyendo... A las 21 horas los bomberos voluntarios tiran una bomba al cielo, junto a un ronronear de sirenas, para anunciarle a todo el pueblo que el carnaval ya empezó. Las señoras de edad, ya están algo molestas en sus valiosos lugares, pero a ninguna se le ocurrirá levantársela que hay mucha gente caminando por las calles que pronto, rebalsarán de bullicio.
Los últimos críticos tiempos, se desplomaron sobre estos corsos que aún son gratis. La situación llegó incluso a comentar que los mismos no se realizarían. Rumor que, claro, trajo un entendible malestar, que se esparció como peste por nuestro pueblo. ¿No van a hacer los corsos?...¡están locos...! Pero siempre hay un grupo de personas dispuesto a rescatar las noblezas del alma que estos hechos provocan. La única fiesta popular no podía alejarse así nomás, y entonces las manos a la obra hicieron que todos esos rumores se esfumasen por la alcantarilla. Las guirnaldas de luces de colores prioritariamente rojas, amarillas, azules y verdes, colocadas en la avenida San Martín desde los días previos, eran la prueba fehaciente, irrefutable, de que la fiesta popular era un hecho. Iba a haber Corsos!!!
Mis amigos "El Tero" y "El Dyango', 'la novedad h s alumbró la cara, se abrazaron y organizaron ahí nomás los por menores de las noches por venir que pronto, estuvieron allí. EI cronograma era el siguiente: "El viernes bien bañaditos salimos para el corso, vamos a la cantina que ' está en la plaza y comemos unos buenos chori y le damos al vino hasta que dure. Después habrá que ver como se pone el baile y en una de esas…
Así fue, el viernes que empezaba el carnaval, las señoras se adueñaron de los bancos, la sirena de los bomberos estalló, y los caminos de tierra y de asfalto se llenaron de gente que bañadita y engalanada caminaban hada la fiesta. El Tero y El Dyango hicieron lo suyo, peinaditos para la envidia, acomodaron unos pesos en los bolsillos, la inevitable vueltita por el barrio. La noche ya se palpitaba. Uyyy, mira la gente que hay! Las mascaritas deambulaban provocando la tensión y el misterio no se acercaron, no los conocían; el olor a espuma les impregnó cada detalle en el dulce recuerdo y como alfombra sensitiva, les otorgó la bienvenida.
No se podía casi caminar, pasar por la heladería era todo un molesto desafío, y el camino alternativo atestaba de adolescentes que gozaban de algarabía completamente desquiciados y empapados, de cuando la espuma desaparece y queda solo el agua. Un suicidio, dijo el Dyango. Cruzaron el boulevard, trataron de alejarse de los alcances de los tarros de espuma pero fue inevitable- Todo, más que bien. ¿Quién, en pleno corso, va a enojarse por la espuma?
Cuando se acercaban a la cantina de la plaza, donde iban a degustar esos incomparables chorizos bien de campo vieron una situación que les llamó la atención. Primero el gaucho que furioso arrojaba el choripán recién comprado sobre la tabla de la cantina, entre insultos inentendibles mientras el gauchaje amigo trataba de contenerlo entre las difusas lamparitas del alcohol, que brillaban sobre sus frentes sudorosas.
Después lo de la señora gorda que agarraba del brazo a sus cinco hijos, como podía, llevando además la media docena de choripanes envueltos en papel de servilleta, con escarba-dientes que sobresalían. Quejosa iba la señora porque los chorizos estaban crudos “todos rojos, mira" le mostraba al primero que se cruzase y ahora tenía que ir hasta la casa a meterlos en el horno para que se cocinen. El Tero y el Dyango no hacían más que mirar y codearse, conteniendo las risas, y pese a que algo de asombro existió, mucho no les importó. Al fin se acodaron en la barra dispuestos a cenar. Dos chori y dos vasos de vino tinto, por favor. Listo.
Cuando los choripanes llegaron a sus manos, y los dos vasitos de vino tinto fueron colocados en los tablones de la cantina, la primera reacción fue abrir el pan para ver si los chorizos estaban rojos, y... vaya coincidencia, esa era su condición.
A ver si todavía también yo te lo tengo que tirara la mierda. No chicos, los chorizos son así... Para esta altura de los corsos la cuestión de los chorizos rojos ya era un rumor a altas voces. Los que atendían la cantina, entre los barriles con hielo, el humo, y los agitados concurrente; del carnaval, ya no sabían que más decir."Los tenemos como hace dos horas en el fuego: Que querés que le haga..." Y los agitado; concurrentes les respondían al unísono:¡Corre huevo rascado!!! Mientras las carcajadas se mezclaban con aquellos furiosos que tuvieron la cena postergada. Muchos, claro, se le animaron y le hincaron el diente. Otros los dejaron por la mitad, y muchos, como la señora gorda con sus cinco chicos y el paquete a cuestas optaron por volver entre las calles vacías, por donde antes habían llegado entre la multitud para meterlos al horno.
La cuestión fue que había que abaratar los costos, y alguien conocía a alguien que conocía a uno que trabajaba para un frigorífico de Lomas de Zamora, y entonces, claro, les compraron los chorizos por unas monedas menos. Pocas monedas menos, pero cuanto menos, mejor. Resulta que los chorizos no estaban rojos por falta de brasas, sino que erar rojos nomás. Eran tan distintos a los acostumbrados que salen con ese color como gris, tan sabroso a los paladares de estas mandíbulas pampeanas. Puro Cerdo. Mis amigos, El tero y El Dyango, optaron pe comer solo uno, y después se entregaron 3 vino, vino, vino...tinto. La cantina, olvidando por un momento la cuestión de los chorizos, permitía el desliz incesante de los vasos multicolores, las migas, y las servilletas de papel. Los acodados allí poseían un panorama bastante buen-mucha gente caminando por las calles, pocas carrozas, el ruido lejano de una comparsa desarmada, y la voz del locutor leyendo puras publicidades.
Tres veces en toda la noche llegaron las mascaritas a joder al Tero y al Dyango. Grupitos de cuatro personas que sin llegar a ser mascarones, divagan por las veredas atestadas de gente, con ruda y cachiporra, dispuestas a entrometerse en los perfumes de los conocidos. Los chicos ni se enteraron quienes eran. Poco importaba, claro.
En esas noches de carnaval, continuaron con él con el vinito, y la sospecha de que a esas alturas, iban a necesitar "hacer base" porque si no se iban a pegar una cusca de los dioses.
Vasos de plástico pisados, baile, las postulantes a reina, las corridas de los chicos con los globos, la música al palo, las guirnaldas de luces, la murga revolucionaria, los bombos, la cantina, las charlas, los personajes, los tractores y las carrozas, los tarros de espuma alfombrando as calles, los parlantes, el vino, la coca, las esmeradísimas cantinas, las chicas de la comparsa los reyes magos, Calculín, el Citroën loco, las sirenas, el globo de agua que cae sobre los concurrentes a la vereda del Club Social... sin dudas fueron demasiadas cosas las que trajo esa noche de carnaval que comenzó a las cinco de la tarde, a puro sol, cuando la señora aquella se sentó en el boulevard.
Al Tero y al Dyango. Al día siguiente los despertó un dolor muscular y los ruidos del auto que corría las calles del pueblo con su parlante chillón, y pura cumbia. Cumbia y el mensaje, cumbia y el mensaje, cumbia y el mensaje, de a poco se acercaba, se oía más y más fuerte, pronto el auto parlante estaba en la esquina, y pudieron escucharlo: "La comisión de festejos anuncia que para esta noche de corsos se cambiaron los chorizos... Repetimos, se cambiaron los chorizos... Ahora, los chorizos son de Marutti... Venga y disfrute junto a su familia.... Cambio de chorizos en el corso!" Y cumbia se oía y el mensaje…
El tero y el Dyango se miraron mientras escuchaban el mensaje, y no pudieron resistir la risa. Se tentaron, y antes de volverse a dormir , recordaron los infinitos minutos de esa noche de corsos donde los chorizos fueron tan importantes.

2 comentarios:

  1. Vale Ciamppicconne7/2/09 22:10

    Los Corsos no valen nada, lo unico que se ve en als calles, es pura gente. Despues no hay carrozas, nada de nada. Hace unos 4 años, habia muchas cosas, carrozas, fue en el año en que vino la comparsa Papelito, nada que ver, estaban muy buenos, ahora no es lo mismo, sera porque se deben organizar a ultimo momento, no sé, pero la verdad, da lastima que hagan ir a gente de afuera, porque el 2do finde de estos corsos, habia gente de hasta Buenos Aires (y lo digo porque me paro una familia para preguntar por el Jardin al que habia ido Evita).
    Vienen de tan lejos, para ver que? nadaaaaaaaa, no hay nada, gente nomas

    ¬¬

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  2. Anónimo9/2/09 7:35

    Vale,esta foto no es en Los Toldos, es en los carnavales de Baigorrita.

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